Ramón Gómez Villares (1948 -2026)
Hoy sentimos una tristeza difícil de expresar con palabras. Se ha ido Ramón Gómez Villares. Se nos ha ido, aunque su huella permanecerá para siempre en cada rincón de esta casa y en cada uno de los que tuvieron el privilegio de conocerlo.
Para muchos fue el fundador; para otros, el socio; para otros, el referente profesional al que acudir en los momentos complejos. Para todos los que lo trataron, un compañero leal, generoso con su tiempo, con su experiencia y con su confianza.
Ramón entendía la abogacía como un reto diario, como una responsabilidad que exigía rigor, valentía e independencia de criterio. Nos enseñó que el abogado no está solo para ganar asuntos, sino para sostener a las personas en sus momentos más difíciles. Esa forma de ejercer, firme y humana a la vez, forma parte del ADN del despacho que creó y que hoy circula vigorosamente por las venas de esta gran organización que compartimos.
Fue un adelantado a su tiempo. Supo transformar un despacho unipersonal en un proyecto colectivo, apostando por el crecimiento, la especialización y el trabajo en equipo cuando ese modelo aún no era lo habitual. Pero, por encima de cualquier logro profesional, siempre puso a las personas en el centro. Creía en el talento joven, en la transmisión del conocimiento y en la importancia de tratar a todos —abogados, personal del despacho, colaboradores— con respeto y cercanía.
Muchos de nuestros queridos compañeros de Málaga atesoran en su memoria conversaciones con él en su despacho, consejos dados con serenidad, decisiones difíciles compartidas, y también su sentido del humor y su manera directa y honesta de decir las cosas. Ramón no fingía: era auténtico, coherente y profundamente humano.
Su orgullo mayor era su familia. Hablaba de sus hijos no solo como grandes profesionales, sino como buenas personas. Y siempre, siempre, con una mención especial a Margarita, su compañera de vida, a quien reconocía como el verdadero pilar sobre el que se sostenía todo. Esa dimensión familiar no fue ajena al despacho: formaba parte natural de su forma de entender la vida y el trabajo.
Hace unos años, al recibir un importante reconocimiento profesional, dedicó la distinción a los “abogados silenciosos”, los que trabajan sin buscar protagonismo. Esa frase le define mejor que ninguna otra. Porque, pese a su liderazgo y a su trayectoria, Ramón nunca dejó de verse como un abogado más, uno de los que cada día se sientan a estudiar un asunto con responsabilidad y respeto por el cliente.
“I can’t get no satisfaction”, decía la canción. Él tampoco se conformó con medias verdades: buscó justicia, defendió causas difíciles y sostuvo la palabra con firmeza. Cuando la tormenta amenazaba, como en “Gimme Shelter”, se mantuvo en pie. Ahora descansa, mientras su legado sigue rodando, libre y luminoso, como en “Shine a Light.”
Su legado, pues, va mucho más allá de una firma consolidada. Nos deja una manera de ejercer, una forma de tratar a las personas y un ejemplo de compromiso con la profesión y con el equipo.
Ahora nos corresponde a nosotros cuidar ese legado y seguir construyendo desde los valores que nos transmitió.
Gracias por todo, Ramón. Esta siempre será tu casa.

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